domingo, 23 de noviembre de 2008

La carta esférica- Arturo Pérez Reverte


La carta esférica es la historia de un marino sin barco, desterrado del mar, a quien rescata una mujer que le devuelve a la aventura marina. Cartografía histórica, antiguos archivos, museos navales y buscadores de naufragios componen el argumento de La carta esférica. Toda la literatura náutica, desde Homero a Conrad y Melville, está explícita o implícita en las páginas de La carta esférica. Una novela en la que figuran las grandes obsesiones literarias de Arturo Pérez-Reverte: el enigma, la trama de misterio y la investigación histórica.
Comienza así: " Podríamos llamarlo Ismael, pero en realidad se llamaba
Coy. Lo encontré en el penúltimo acto de esta historia,
cuando estaba a punto de convertirse en otro náufrago de
los que flotan sobre un ataúd mientras el ballenero Raquel
busca hijos perdidos. Para entonces llevaba ya algún
tiempo a la deriva, incluida la tarde en que acudió a la
casa de subastas Claymore, en Barcelona, con la intención
de pasar el rato. Tenía muy poco dinero en el bolsillo, y
en el cuarto de una pensión próxima a las Ramblas, unos
cuantos libros, un sextante y un título de primer piloto
que la dirección general de la Marina Mercante había
suspendido por dos años hacía cuatro meses, después que el
Isla Negra, un portacontenedores de cuarenta mil
toneladas, embarrancase en el océano Índico, a las 4.20 de
la madrugada y durante su cuarto de guardia.
A Coy le gustaban las subastas de objetos navales, aunque
por esa época no pudiera permitirse pujar. Pero Claymore,
situada en un primer piso de la calle Consell de Cent,
contaba con aire acondicionado, servían una copa al
terminar, y la chica encargada de la recepción tenía
piernas largas y bonita sonrisa. En cuanto a los objetos
de la subasta, le gustaba mirarlos e imaginar los
naufragios que habían ido llevándolos de aquí para allá
hasta varar en la última playa. Durante toda la sesión,
sentado con las manos en los bolsillos de su chaqueta de
paño azul oscuro, permanecía atento a quiénes se llevaban
sus favoritos. A menudo el pasatiempo resultaba
decepcionante: una magnífica escafandra de buzo, cuyo
cobre abollado y lleno de cicatrices gloriosas hacía
pensar en naufragios y bancos de esponjas y películas de
Negulesco, con calamares gigantes y con Sofía Loren
saliendo del agua moldeada bajo la blusa húmeda, fue
adquirida por un anticuario a quien ni siquiera tembló el
pulso al levantar el cartón con su número. Y un compás de
marcaciones Browne & Son, antiguo, en buen uso y dentro de
su caja original, por el que Coy habría dado el alma en
sus tiempos de estudiante de náutica, resultó adjudicado,
sin remontar el precio de salida, a un individuo con
aspecto de ignorar todo sobre el mar, salvo el hecho de
que, colocada en un escaparate de cualquier marina
deportiva de lujo, aquella pieza sería vendida por diez
veces su valor."

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